Los niños nacidos en primer lugar tienen tendencias neuróticas más fuertes en comparación con sus hermanos o hermanas.
El primogénito intenta conquistar el mundo
Existen dos grupos de hijos primogénitos: uno que comprende todos los hijos únicos y el otro grupo, aquéllos que encabezan a sus hermanos y hermanas. Hay una profunda grieta entre estos dos grupos, porque el hijo único es un niño solitario y el primer hijo, uno de varios.
En muchas ocasiones el segundo hijo no es aceptado del todo por el primero. Tiene que soportar arranques de odio y celos y con frecuencia tiene dificultades en establecer su propio entorno. Con una cierta cantidad de tacto y perspicacia por parte de los padres, estas dificultades pueden ser salvadas y superadas en limitado espacio de tiempo.
El impacto de este primer encuentro entre el primogénito y el segundo hijo ocupa un importante lugar en el desarrollo del niño, aunque está desmesuradamente exagerado en opinión de la psicología en nuestros días. Los dos pequeños rivales se encontrarán fácilmente uno al otro si experimentan la determinación de sus padres, de no dar preferencia a uno de ellos. Aquí sin embargo el padre y especialmente la madre tendrán que ser muy conscientes de lo que hacen y sienten.
Observar al primogénito tanto como el segundo hijo con el mismo cuidado y ternura y dar a los dos una dirección paternal por igual será determinante para superar las dificultades iniciales.
El primer hijo es un defensor; un defensor de la fidelidad, un defensor de la tradición, un defensor de la familia.
El primer hijo preserva el pasado contra la embestida de cualquier nueva idea y acción.
El primer hijo de varios no tiene la naturaleza aislada del hijo único. Éste último puede lograr posiciones altas en la vida, pero por dentro siempre será un ermitaño, un hombre anhelante de compañerismo pero con dificultades para conseguirlo. El primer hijo, igualmente destacado, no es un ser solitario. Él tiene que ser una figura líder, primero entre sus hermanos y hermanas y más tarde entre sus compañeros. Él tiene un gran sentido de responsabilidad y se sentirá con frecuencia responsable de muchas cosas que suceden a su alrededor. Él puede desarrollar bien un gran sentido del orgullo y una actitud dominante, con el propósito de satisfacer las demandas de su alto sentido de la responsabilidad.
El segundo hijo intenta vivir en armonía con el mundo
Los segundos hijos son muy distintos. Normalmente se toman las cosas con más calma y son por lo tanto menos estrictos y esforzados. Tratan de sacar el mayor partido posible de la vida y les gusta disfrutarla tanto como sea posible.
Para el segundo hijo la vida no sólo es una labor que hay que llevar a cabo; es mucho
más una oportunidad de poder alcanzar placer, sorpresa y belleza.
El segundo hijo raramente tiene la intención de igualarse con su hermano o hermana mayor; el segundo hijo no es un conquistador y de ninguna manera un defensor. Es un segundo hijo, nacido en este lugar especial con el propósito de cumplir una tarea completamente diferente en la red de la vida de la humanidad.
La Biblia ya nos habla de ejemplos notables con una forma muy característica: Caín era o no cultivador de la tierra -transforma lo creado-; Abel un cuidador de ovejas -cuidador de lo creado-.
El tercer hijo se inclina a eludir el encuentro directo con el mundo
El tercer hijo tiene de nuevo un carácter diferente. Ellos son normalmente el “extraño”. Ellos no se llevan fácilmente bien con los otros, son cohibidos y con frecuencia muy difíciles para congeniar. Pero ellos tienen otras cualidades. Su mente alcanza altas cotas y algunas veces son visionarios o líderes.
El tercer hijo es una persona que tiene las mayores dificultades en alcanzar su objetivo. Florece rápidamente pero también se marchita muy deprisa. Un tercer hijo es con frecuencia, una persona prometedora, que difícilmente llegara a realizarse. Él es un niño que llega muy alto y tiene muy poco tiempo para alcanzar su fin.
La soledad entre otras personas es grande; a veces es insuperable. Entonces se toma el camino interior y el resultado es o bien una santa o santo, pero con mucha frecuencia es una personalidad insatisfecha, en amargo conflicto con el mundo.
Muchos de los terceros hijos, intentando correr demasiado deprisa en la vida se quedan atrás al borde del camino, cansados y exhaustos. A veces se aspira a un fin demasiado alto y la fuerza no es suficiente para alcanzarlo.
Éstos tres tipos de seres humanos representan las tres formas arquetípicas de su destino social. Como primer hijo, defiende el pasado, como segundo vive en el presente, como tercero prepara el futuro. El defensor del pasado es un gobernante. El hijo del presente es un artista. El preparador del futuro es irracional. Los tres son necesarios en la gran reto de la vida humana.
Cuando volvemos a la imagen del templo podemos pensar: todos los hijos primogénitos trabajando sin parar, construyendo los cimientos del templo. Él descansa sobre su trabajo, sobre su sufrimiento y su intenso intercambio con los actos de la Tierra. Los segundos hijos proporcionan las columnas y los arquitrabes del templo. Ellos se mantienen sobre los cimientos que sus primeros hermanos y hermanas proporcionan. Ellos mismos llegan hasta arriba y soportan el techo como réplica del cielo, que es la bóveda sobre nosotros.
¿Y los terceros hijos, qué queda para ellos? ¡ellos son los constructores de techos! Trabajan entre el cielo y la tierra y ayudan a cubrir la bóveda el templo. Ser tercer hijo es un oficio sublime y al mismo tiempo peligroso. Por ello tantos de ellos sucumben antes de alcanzar su meta. ¿Qué haríamos sin los constructores de techos, sin los irracionales que ven el futuro como si fuera presente?
El hijo único
El hijo único permanece de pie junto a la puerta; no está ni dentro, ni fuera, está casi siempre en el umbral. Tras él se encuentra el abrigo del nido, ante él, la gloria del mundo. Pero él no está ni aquí, ni allí. Es incapaz de disfrutar el calor de su nido y no se aventura a dar el salto hacia la plenitud de la vida. Se mantiene en el umbral como una estatua. Esa es la situación especial del hijo único.
El hijo único se mantiene a distancia de su entorno social inmediato. Él observa desde el portal de su casa y a su alrededor el mundo, que le es extraño, aunque conocido. Él puede observarlo, pero no puede entrar ahí. Él toma parte de las actividades de este mundo sin participar verdaderamente.
El hijo único anhela ser como la otra gente, alegre y despreocupado, feliz y triste, cercano y discreto; pero todo esto le es ajeno a él. Él se mantiene de pie y fija su mirada en el infinito, siendo un niño en el umbral.
La constelación familiar le provocó que su vida emocional resultase limitada. No había hermanos ni hermanas, con quien fuese posible un continuo intercambio. No hubo ninguna fricción, ninguna pelea, ninguna riña, ninguna afectuosidad. Él era un pequeño ser humano solitario, observando el mundo desde un observatorio, alejado de sus compañeros.
Testimonio ejemplar de James Kirkup: “ yo era un niño solitario, aunque no fui consciente de la soledad; de hecho, yo prefería estar solo. Al mismo tiempo estaba atormentado por el deseo de estar con otra gente, de ser parte de un círculo… Sin embargo después de estar juntos con mis primos durante un tiempo, anhelaba estar solo. No podía entenderme a mí mismo. Eso fue el comienzo de un conflicto, que me iba a angustiar durante muchos años”.
El hijo único espera con bastante frecuencia ser socialmente reconocido y estimado. Él, siendo incapaz de ser uno entre muchos, pide con insistencia una posición especial y un lugar especial en la vida. Con frecuencia asume una posición excepcional y no estará satisfecho, hasta que la consiga.
El hijo único vacilará con frecuencia entre un excesivo y un escaso contacto social, porque él es normalmente bastante inseguro de sus capacidades sociales. En las mujeres, esto se muestra en una cierta forma de indiferencia, una manera rígida de tratar con sus propios hijos. Muchas permanecen solteras y si se casan, no se ajustan por completo, a su propia vida familiar.
Koenig, K. Hermanos y hermanas. Editorial Rudolf Seiner, 2001
Categorías: Crianza Saludable